Mireya Masó:

Antártida. Tiempo de cambio / Antarctica. Time of change

“La Antártida es la presencia visible del cambio. El tiempo cronometrado se materializa en un discurrir sin pausa de sol y niebla, de calma, de nevadas y pedregales despejados por el viento, de mareas, de avances y retrocesos de témpanos y escombros sobre la bahía. Es un paisaje en movimiento, nada permanece más allá del instante. Aquí en la Antártida cada segundo tiene el valor del presente. Aparece y desaparece antes de poder recordarlo”.
(Mireya Masó)

Antártida. Tiempo de cambio dialoga con la investigación científica desde la perspectiva artística. El punto de partida es el trabajo de campo de Mireya Masó realizado durante el verano austral del 2006 en las bases argentinas gestionadas por la Dirección Nacional del Antártico en colaboración con la ecóloga marina Mercedes Masó.

El resultado final muestra un conjunto de vídeos y fotografías que nos confrontan a un paisaje natural apenas intervenido por el hombre. El interés se dirige hacia los mecanismos de percepción del ser humano ante un medio en continua transformación. Se fijan dos ejes desde la percepción. La macroscópica a través de los icebergs que se trasladan por la Bahía Espe-ranza. Y la microscópica a partir de una experimentación con las diatomeas en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC y en relación con un conjunto de proyectos de estudiantes del Instituto de Arquitectura Avanzada de Catalunya.

El proyecto expositivo completa y concluye un ciclo de tres años de investigación de la artista, centrado en el continente austral. Ahora se presenta por primera vez en el Espacio Laboratorio de Arts Santa Mònica un material inédito y producido para esta ocasión.


La expansión del campo visual. Mireya Masó

La geometría nos enseña que la distancia a la que está el horizonte, el punto más alejado del mar que podemos contemplar antes de que la curvatura terrestre lo haga desparecer de nuestra vista, depende de la altura del observador sumada al valor del radio de la tierra. Según este cálculo, para un hombre adulto situado sobre el nivel del mar, el horizonte está aproximadamente a unos 5 kilómetros de distancia y para un niño de un metro, a unos 3,5 kilómetros. Sin embargo, en los días despejados desde la playa de Caleta Choza en Esperanza, alcanzábamos a ver con toda claridad al noroeste las costas del archipiélago de Joinville, distanciadas por el estrecho Antártico unos 25 kilómetros de la base peninsular donde nos encontrábamos, para lo cual en condiciones normales hubiéramos tenido que ascender a una montaña.

El aumento de la visibilidad se debe a que los rayos solares son más tangenciales a medida que nos acercamos a los polos, donde hay aproximadamente seis meses de luz constante y seis meses de oscuridad y el sol nunca se eleva a más de 23,50 grados sobre el horizonte. La refracción atmosférica parece justificar por sí misma las excepcionales condiciones de visibilidad de las que se disfruta en la Antártida. El índice de refracción depende de la humedad relativa y de la temperatura de las capas de aire, de modo que en lugares gélidos se puede ver.

A la expansión del campo visual contribuye sin duda la nitidez de los objetos por la ausencia de polución, la escasa humedad del ambiente y la luminosidad que proporciona la luz reflejada sobre la nieve. (…)

(Extracto del catálogo, ed. Generalitat de Catalunya Departament de Cultura, Barcelona, 2010).