Günther Förg

Günther Förg. Alicia Chillida

El fuerte carácter espacial del Palacio de Velázquez se convierte, una vez más, en punto de partida para un proyecto específico. Günther Förg analiza el lugar para desvelar sus cualidades, potenciarlas y proyectar un montaje en el que la obra y su instalación adquieran un significado indisociable. 

El trabajo de Förg despierta sensaciones ambivalentes; además de poseer la capacidad de provocar la emoción del espectador, también posee un acusado sentido funcional, al crear contextos y generar significados que se refieren al aspecto objetivo de la realidad. De esta manera, aunque el artista incluye claros componentes autobiográficos en su trabajo, existe, a la vez, una voluntad de distanciamiento de cualquier momento de intimidad.

Förg enmarca sus fotografías en cristal reflectante, de manera que la imagen del espectador al reflejarse sobre la superficie queda automáticamente incluida en la composición y se convierte en otro de los elementos de la narración, que queda así desprovista de todo halo de privacidad. 

Advertimos referencias procedentes de artistas aparentemente tan dispares como Barnett Newman, Blinky Palermo o Jean-Luc Godard. A partir de 1980, el autor utiliza en su trabajo inusual variedad de técnicas y soportes, produciendo de modo simultáneo y equivalente ensamblajes, obra fotográfica, pintura mural, acuarelas, dibujos, grabados, estructuras en bronce y pintura, a través de las que el artista profundiza en su investigación sobre la relación entre forma, color y superficie. 

La exposición del Palacio de Velázquez se articula en torno a la fotografía de gran formato, sobre la que el artista trabaja desde los años ochenta. La arquitectura es el tema central de este trabajo fotográfico, que aparece a menudo combinado con pinturas y relieves. Alrededor de esta estructura central se presentan, en las salas adyacentes, obras en otros soportes: relieves, esculturas, dibujos y pinturas.  

En sus fotografías aparecen edificios emblemáticos de la arquitectura de la Bauhaus, de la revolución soviética en Moscú o de la arquitectura racionalista italiana y alemana, confrontados con figuras y retratos femeninos e incluso con referencias al paisaje. Aunque Förg está interesado en una arquitectura con contenido político, no es su intención hacer un juicio público histórico, sino rendir homenaje a la racionalidad y claridad de la estructura constructiva. La inquietud que provoca permanece en un suspense cinematográfico. 

Förg pertenece a una generación de artistas para los cuales el debate en torno a la legitimidad del arte abstracto está superado. La abstracción es su lenguaje natural. En sus pinturas, ya sean sobre lienzo, aluminio o plomo, la superficie física del cuadro es esencial para experimentar la obra.

A simple vista, estas pinturas, por su orden formal en el color y la superficie, son deudoras de la tradición constructivista; sin embargo, la manera serena en la que el artista aplica la pintura sobre el soporte les otorga una cualidad atmosférica suave y volátil, que emparenta con la línea romántica de la pintura germana. 

El autor entiende cada nuevo espacio expositivo y cada nueva instalación de su trabajo como partes de su obra global. La obra posee una individualidad en sí misma que nos hacen conscientes de nuestra escala como espectadores, a la vez que nos habla de las relaciones y vínculos que se establecen entre los diferentes trabajos y el espacio que los acoge, y el papel que el visitante interpreta dentro de la exposición y de la historia.